Entrevista a Juan Pablo Mollo[1]

Entrevista a Juan Pablo Mollo[1]

This text is also available in: Portugués, Brasil

Interview with Juan Pablo Mollo

(Buenos Aires, Argentina)

Resumen: El autor revela la construcción discursiva del delincuente desde el orden médico, jurídico, psicológico, político, social y mediático, como elementos de legitimación del poder de castigar y el control social. Asimismo, indica cómo la droga y la adicción como epidemia de base neurológica aumenta el retrato del delincuente percibido como peligro social. Inversamente, ubica al psicoanálisis como una practica sobre el sujeto y su goce, que no forma parte del biopoder ni legitima el sistema penal.
Palabras claves: delincuencia juvenil, delito, psicoanálisis, derecho, criminología, drogas, control, biopoder, tratamiento
Abstract: The author reveals the speech construction of delinquency, from medical, judicial, psychological, political, social and mediatic orders, as elements of legitimation of the power to punish and of social control. He also indicates how the drug and the addiction as an epidemia of neurological basis increases the portrait of the delinquent, perceived as a social danger. On the contrary, he places psychoanalysis as a practice about the subject and his jouissance, that is not a part of biopower nor legitimates the penal system
Keywords: Juvenile delinquency, crime, psychoanalysis, law, criminology, drugs, control, biopower, treatment

Darío Galante[2]: Usted ha publicado en Brasil su libro “El delincuente que no existe” ¿Porqué ha elegido un título tan controvertido?

Juan Pablo Mollo: Principalmente, porque existe una construcción del delincuente desde el punto de vista jurídico, médico y psicológico. Los cimientos de tales discursos pueden encontrarse en el siglo XVIII alrededor de la noción de culpabilidad, como una verdad científica anudada al derecho penal.

Actualmente, en la práctica penal se multiplican justicias menores y jueces paralelos, condicionados por el momento político y social. El juez ordena a sus “auxiliares de la justicia” ciertas investigaciones denominadas pericias, para que lo aconsejen y decidan si un sujeto es peligroso, de qué manera protegerse, cómo intervenir para modificarlo, si es preferible tratar o reprimir etc. Los nuevos consejeros del castigo hacen al delincuente según su disciplina. ¿Cuál es el resultado de la evaluación? La construcción fantasmática del delincuente basada en el reproche jurídico o ético, y tipificada por conductas y perfiles referidos a la personalidad peligrosa.

D.G.: Usted habla de una nueva experiencia del delito en la sociedad contemporánea ¿Puede ampliar esa idea?

J.P.M.: En 1896, Durkheim sostenía que la función social del castigo era solidificar los lazos sociales y la conciencia colectiva, al expresar los valores de una sociedad determinada. Cien años después se verifica una conciencia colectiva del delito cuya expresión es un difuso miedo a la delincuencia que organiza la vida cotidiana.

La clave es la siguiente: la experiencia colectiva del delito es una red que entrelaza mentalidades y sensibilidades colectivas; es decir, no es una vivencia individual sin la mediación de la cultura y sus significados sociales. La percepción del delito contiene un significado social concreto e histórico, que configura un modo de interpretar los peligros potenciales.

D.G.: ¿Así queda abierta una posibilidad de utilización política del delito?

J.P.M.: La construcción del delincuente también es social, política y mediática; por ejemplo, en contextos electorales, la seguridad pública asume un protagonismo extremo en los discursos políticos, cuyo efecto tiende a favorecer una respuesta autoritaria e impulsiva de orden punitivo. El control social contemporáneo no procede de los fundamentos de la sociología del castigo, sino de las condiciones y mecanismos de poder que construyen consenso entre las masas.

D.G.: En su libro indica que la droga no causa la delincuencia. ¿Considera que el consumo de drogas es parte del retrato social del delincuente?

J.P.M.: Sí, el estereotipo del delincuente incluye el consumo de drogas, pero la asociación entre droga y delincuencia es falsa. Por otra parte, el problema del consumo de drogas es un problema de clase alta.

Ahora bien, cuando se intenta explicar las causas de la delincuencia y de las adicciones, curiosamente, se apelan a los mismos argumentos vacíos y generales: deserción escolar, familias desintegradas, violencia familiar, desempleo, exclusión social o vulnerabilidad social etc. Y precisamente, tales hipótesis generales responden a la estigmatización del individuo marginal, portador de una peligrosidad, que es el núcleo de la amalgama entre droga y delincuencia. Luego, el poder de castigar criminaliza el consumo de estupefacientes pero con el pretexto de cumplir la ley, siempre controla y selecciona al estereotipo del individuo marginal, adicto y delincuente, que es peligroso para la sociedad.

D.G.: ¿Qué opinión le merece la despenalización del consumo de drogas?

J.P.M.: El consumo de drogas es el verdadero rostro de la sociedad capitalista. Hasta Naciones Unidas sitúa los ingresos de la industria ilícita de la droga por encima del comercio del petróleo. Puede concluirse entonces que el narcotráfico no responde a las leyes jurídicas y la formalidad del derecho sino al interés sin concesiones del mercado.

Por otra parte, la potencia de la drogas también depende de la multinacional farmacéutica que ha logrado la certificación objetiva de una generalizada patología “depresiva”, para administrar el sueño de la “felicidad química” con drogas legales – benzodiacepinas y otros psicotrópicos – los cuales, pueden enmarcarse en una unidad conceptual junto al consumo y el tráfico de drogas ilícitas.

En definitiva, con estas mínimas ideas quiero indicar que la despenalización del consumo depende del poder real del mercado y la política, que excede la perspectiva jurídica y de la salud mental.

D.G.: ¿Y qué piensa sobre la guerra contra las drogas?

J.P.M.: Richard Nixon en la década del ‘70 impulsa la primera guerra a las drogas; y luego, en 1982, Ronald Reagan relanza la misma guerra, influyendo en varios países de América Latina, que deben alinearse con las políticas dominantes. El resultado fue nefasto: criminalización de usuarios de drogas y fortalecimiento del poder punitivo.

Además, el pretexto de una guerra admite la marcación persecución y eliminación de individuos considerados como el mal de la sociedad. Y en el ámbito público, la guerra alucinada contra las drogas termina por incentivar el antagonismo entre las clases; pues, como le dije anteriormente, son únicamente los individuos pobres aquellos enemigos seleccionados para el proceso de criminalización.

D.G.: Dejando de lado al sistema penal y la sociología que lo justifica, ¿de qué modo distingue droga y adicción?

J.P.M.: La droga definida como sustancia se distingue de las adicciones, que siempre remiten a un sujeto; por ejemplo: en el juego patológico hay adicción pero sin sustancia o droga, e inversamente, es posible consumir alguna droga sin que esto suponga una adicción. La droga no tiene el poder de producir automáticamente adictos.

A grandes rasgos, resulta preciso diferenciar la posición subjetiva de quien usa una droga para hacer una experiencia o, inversamente, para escapar del mundo concreto. El uso de drogas al servicio del placer debe distinguirse del consumo repetitivo y mortífero por fuera del Otro.

Por otra parte, y saliendo de las generalidades, la clínica psicoanalítica verifica la existencia de diversos usos de la droga según cada caso; y permite iluminar qué función cumple la droga, más allá de moral y el derecho, en una estructura subjetiva.

D.G.: Usted indica que el delincuente no es un adolescente en riesgo y la delincuencia no es una epidemia ¿Puede afirmar lo mismo en cuanto al adicto y las adicciones?

J.P.M.: Sí, es el mismo paradigma. La intersección entre las ciencias biomédicas y las ciencias sociales confluye en la epidemiología, que integra sus métodos y principios para estudiar la salud y controlar las enfermedades en grupos humanos bien definidos. Con este origen puede comprenderse que la dimensión clave de la epidemiología es biológica y su operatividad se sustenta en la demografía y la estadística para detectar y minimizar factores de riesgo.

El control epidemiológico lo ejercen desde investigadores genéticos y psiquiatras hasta psicólogos y trabajadores sociales, que cumplen una función policial y de control biopolítico.

D.G.: ¿Se refiere al control biopolítico del que habló Michel Foucault?

J.P.M.: En efecto, se trata de políticas sobre la vida que confluyen en el siguiente fraude: el cerebro pasó a ser la causa real de los problemas de la vida. De esta forma, la biografía personal y los traumas vividos, los factores ambientales y sociales, únicamente cuentan a través del impacto en el cerebro neuroquímico. Aún cuando se trate de una adicción o de un trastorno de conducta, lo importante será que pueda ser objetivamente visualizado dentro del cerebro para desembocar rápidamente en un tratamiento con psicofármacos para regir los modos de gobierno y control de la conducta humana.

D.G.: El contenido del libro muestra que un psicoanalista puede escribir sobre derecho y sociología o bien enfocar inquietudes sociales por fuera de la clínica ¿Qué lugar tiene el psicoanálisis en su libro?

J.P.M.: Aunque no sea evidente, este libro es la continuación de “Psicoanálisis y criminología”, donde pueden encontrarse numerosos textos sobre el encuentro del delincuente juvenil con el analista. Aún tenemos mucho que aprender de los psicoanalistas pioneros en la materia. En gran parte de ese libro intento demostrar que no hay una “única” forma de delincuencia, sino una pluralidad de posiciones delictivas, ya sea en relación con el ideal, la angustia o la subjetividad de la época.

Con respecto a “El delincuente que no existe” puedo decir que abordo la problemática delictiva ya no desde los textos psicoanalíticos y el sujeto, sino desde el poder de castigar. Por esto, es un recorrido por textos y argumentos de otras disciplinas que instituyen la delincuencia y legitiman el sistema penal. Y si bien el psicoanálisis no es la referencia principal del libro, es la que me permitió ubicarme en un lugar a distancia del orden jurídico, político y social.

D.G.: ¿Qué opina usted sobre el psicoanálisis aplicado a la terapéutica con adolescentes denominados delincuentes?

J.P.M.: En principio, una institución dirigida por un analista y orientada políticamente por el psicoanálisis no es una propuesta que forme parte del biopoder. Cuando un hospital de día está dirigido por un analista, la disciplina, la regla y su micropenalidad inherente se desvanecen en pos de un proceso subjetivo orientado por la clínica de los nombres del padre; es decir: para cada caso, su propio dispositivo de amarre al Otro social. La desinstalación del automatismo institucional facilita la construcción de un proyecto vital y cultural, que puede estar en diferentes estados o no estar, a partir del deseo del sujeto que lo funda.

D.G.: ¿De qué manera es posible singularizar los casos en una institución normativa o disciplinaria?

J.P.M.: La creación de un dispositivo singular que haga de punto de capitón para un sujeto no se realiza desde un programa estándar o un saber terapéutico previo, porque nace con la trasferencia, se orienta por el deseo y se verifica por las consecuencias. En otros términos, a partir del encuentro con un equipo de psicoanalistas cada sujeto tiene la posibilidad de construir su propia institución.


[1]                 Lic. en Psicología UNLP. Miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL), Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP) y Docente del Instituto Oscar Masotta (IOM) Autor de: Psicoanálisis y criminología y El delincuente que no existe, ambas obras por Ed. Saraiva. Salvador. 2015.
[2]                 Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.
Darío Galante
Juan Pablo Mollo
Previous Post