Con la mandíbula entumida…

Con la mandíbula entumida…

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With a numb jaw…

Ana Viganó (Ciudad de México, México)
Psicoanalista. Miembro de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL), Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP). Máster en Psicoanálisis y Salud Mental. Docente titular de la Maestría en Estudios Psicoanalíticos de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Responsable por la NEL del Observatorio de FAPOL: «¿Vamos hacia una cultura toxicómana?»

Resumen: El trabajo revisa algunos fenómenos relativos al consumo en la sociedad mexicana desde el punto de vista del goce implicado en la satisfacción del cuerpo. Se destaca el análisis de una corriente musical basada en la cultura toxicómana.
Palabras clave: psicoanálisis, goce, México, música.
Abstract: The paper presents some phenomena pertaining to the consumption of substances in the Mexican society from the point of view of the jouissance implied in the body satisfaction. It highlights the analysis of a musical trend based in the drug addiction culture.
Keywords: psychoanalysis, jouissance, Mexico, music.

«La mandíbula entumida, así me gusta traerla

Los dedos engarrotados, rígidos como las piedras

Con los ojos bien volteados y la mirada desviada

Quiero ponerme bien guano, bien loco, bien taquicardio

Quiero amanecer loquiando».*

Distintos tratamientos para un goce que insiste

Nuestra época y sus expresiones de cultura más variadas evidencian un deslizamiento en los modos de tratar el malestar que trae tanto la vida en sí misma –la vida a secas– como el modo que tenemos de vivirla –modo civilizado, es decir, con otros–. ¿Cómo podría quedar excluida la práctica del psicoanálisis de tal deslizamiento? Sólo si se pensara en un psicoanálisis de museo, letra muerta sin orientación por lo real del sufrimiento. Apostamos a que no sea nuestro caso. Por eso insistimos en un esfuerzo más, cada vez, uno por uno. Bordeando, atravesando, arrancando, rompiendo, haciendo hablar o haciendo litoral a los distintos silencios que habitan las relaciones de cada quien con su goce.

Freud advertía en El malestar en la cultura que no hay civilización sin malestar, porque el sufrimiento nos acecha, tanto desde el propio cuerpo, como del mundo exterior y de las inevitables relaciones con los otros. Lacan aportó con precisión, siguiendo la letra freudiana, que esta pesadumbre es inherente a nuestra cualidad de seres hablantes. De manera tal que conocemos los sabores y sinsabores de la vida porque nuestra existencia es hablada-hablante.

Cada cultura –y cada sujeto– tiene sus modos de paliar tal malestar, y, en la lista de «quitapenas», los narcóticos tienen su lugar en la pluma freudiana como remedios posibles. Pero es en la perspectiva de «pharmakon», que da nombre a esta revista: remedio y veneno a la vez, en una sutil topología, pues Freud mismo advierte que esta estrategia trae aparejada un peligro. Lo que puede curar o envenenar es, a veces, una cuestión de dosis. La cuestión de la dosis plantea una barrera difícil de establecer. Una joven analizante que despertaba de sus intoxicadas de fin de semana sin saber cómo había llegado adonde estaba, sin poder recordar lo vivido, sin reconocer a su compañero en la cama, y sin saber si había tenido relaciones sexuales con él o no, se preguntaba cuándo era hora de llamarse a sí misma toxicómana, o alcohólica, o ambas –por las mezclas a las que recurría–. Ella planteaba las cosas en términos de cantidad y de tiempo, variables a considerar cuando de dosis se trata. Sabemos, sin embargo, que, ni las sustancias, ni las cantidades son las que hacen a alguien toxicómano. Hay culturas que consumen determinados tipos de drogas en cantidades y frecuencias que alarmarían en otros contextos sin que podamos ubicar allí toxicomanías declaradas. La joven empezaba a advertirlo: es el goce librado a su propio circuito el que tiende a un vector mortífero, que a veces se vale de los tóxicos para proseguir su camino. La doble cara de «pharmakon» tendrá entonces que despejarse en éste y en todos los casos por lo que se ha llamado la función del tóxico, lo que implica antes que una identificación bajo el manto de una nominación obtenida por ciertos item a medir, una singularísima operación analítica que toque el núcleo real de esa función. En todo caso, por ejemplo, advertimos que, en esta joven, los tóxicos le permitían abrir el camino de una «experiencia sexual» de la que se quejaba, pero a través de la cual eludía entre los múltiples encuentros intercambiables, borrables, riesgosos y, en lo posible, sin palabras, la posibilidad de un encuentro, al menos uno, que la tocara: para ella, sólo el tóxico «toca de verdad el cuerpo y el alma» porque todo lo demás le es «imposible de creer». Esto requería de tóxicos a la altura, tanto de su amnesia, como de su desinhibición y de la posibilidad de «desprenderse de su cuerpo» que, a la vez, se consumía adelgazando con rapidez, y con el cual, sobria, no sabía muy bien qué hacer. El hallazgo de esta «solución tóxica» fue totalmente azaroso, del orden de un tropiezo que, una vez tropezado, no podía dejar de tropezarse, tomándolo todo a su paso como «un tornado» que cada vez pedía arrastrar consigo más… sólo más.

El objeto droga, el cuerpo y su satisfacción

La relación del ser humano con las drogas es ancestral y ha tenido distintos desarrollos y destinos muy bien estudiados por varios autores. En México, por ejemplo, el uso ritual ancestral de ciertas drogas alucinógenas convive tanto con el uso de sustancias muy variadas, como con la aún defendida por algunos «guerra contra las drogas» y con el narcotráfico permeando en los mercados, el consumo, la violencia, la cultura. Cada uno de estos campos merece un estudio aparte. Pero me detendré en el último para señalar cómo, bajo una forma específica, la llamada narcocultura permite una aproximación a la cara más oscura quizás del objeto droga y su satisfacción alojada en el cuerpo.

El llamado narcocorrido es un subgénero musical que hunde sus raíces en los corridos de la Revolución mexicana y sus alabanzas a los valientes revolucionarios, prófugos y pistoleros de botas y a caballo. Con sones típicos del norte, el narcocorrido canta una filosofía de vida al borde siempre de la muerte –propia o de otros– al servicio o a cambio del goce que de esas vidas –aun efímeras– se pueda tener. Es una expresión muy clara de la relación que la pulsión de muerte tiene con la vida misma: solo hay pulsión de muerte mientras hay vida; la vida es inseparable de las marcas de esa pulsión. Pero más aún, es paradigmática del goce puesto en el centro de la escena de la vida y su horizonte mortífero.

Cuestionado por múltiples voces, denunciado como apología del delito, estudiado con interés desde distintas disciplinas, con mayor o menor publicidad, el subgénero tiene cada vez más popularidad, y son los músicos mismos quienes defienden la propuesta: «Me gusta la buena vida y eso que tiene de malo. Que escuchar corridos, compa, le aseguro, no me hace un mal mexicano»**. Sin embargo, la promoción excesiva de algunos dudosos signos de distinción en esta estética musical combinada con tóxicos se ha visto considerada un empuje al goce tal que, por ejemplo, en Sinaloa se han prohibido los narcocorridos en lugares públicos en los que se venda alcohol –no se habla de narcóticos ya que son de venta ilegal– pues se los considera algo que «calienta la sangre». Los «calientasangres» combinados con los tóxicos pueden tener consecuencias violentas y muchas veces fatales sin ninguna razón aparente. Es decir, se trata de estímulos desligados de historias subjetivas en las cuales encontrar una trama de posibles determinaciones. Vemos la forma acéfala de un goce desregulado, emplazado en la cultura misma y en su intento desbrujulado por hacer, con ello, lazo.

Pero encontramos también ahí fragmentos, dichos sueltos, ilustrativos de un goce autista rayando insistentes trazas sin conseguir una inscripción efectiva –regulatoria–, como en la frase que elegí como epígrafe. O en esa misma rola: «Siento mucho escalofrío, el cuerpo me está temblando / Me siento muy alterado, siento estarme acalambrando / De tanto que le he jalado, la nariz ya me ha sangrado / Pero la verdad me encanta, parece que ando volando»***.

Decires que aluden al goce; expresiones –desamarradas de un discurso– de la operación toxicómana «que no requiere del cuerpo del Otro como metáfora del goce perdido y es correlato de un rechazo mortal del inconsciente» (Tarrab, 2000, pág. 81), y del deseo. Esos trazos del goce autista que se cierra sobre sí mismo en su circuito libidinal, ¿pueden ser leídos como un escrito, aun sin dirigirse a Otro? Quizás encontrando un analista que, haciendo existir un Otro donde se colocó el objeto, inventando un Otro a contracorriente, haga allí, de su acto, una apuesta.

NOTAS

* El Komander, “El taquicardio”, Narcogobiernos. Top 20, LA Disco Music, 2012.

** Calibre 50, “Qué tiene de malo”, Contigo, Universal, 2014.

*** El Komander, Ibid.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
TARRAB, M. “La sustancia, el cuerpo y el goce toxicómano”, en Más allá de las drogas. Estudios psicoanalíticos, La Paz, Plural, 2000.
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