La marca de la ausencia

La marca de la ausencia

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The mark of the absence

Ernesto Sinatra (Buenos Aires, Argentina)
Psicoanalista Miembro de la EOL y de la AMP. Fundador del TyA (1992) y de la Red Internacional TyA (1996). Co-Director del Departamento TyA. Presidente del VIII ENAPOL
Psychoanalist Member of EOL and WAP, Fouder of TyA (1992) and of TyA International Net (1996), Co-Director of TyA Department, President of the VIII ENAPOL

Resumen: Ernesto Sinatra ubica en el estado actual de la civilización al objeto droga como paradigmático. Da cuenta de cómo el empuje al goce de la época disfraza la reconocida voracidad del superyó. Resultando esto en la confrontación del individuo con la marca de lo imposible. Destaca la necesidad de precisar en el caso por caso la función del tóxico, que será localizada por medio de un circuito, en transferencia. En la especificidad de la psicosis nos brinda la formalización de un caso, arribada en un análisis. Lo que le brinda al analizante la posibilidad de contar con un artefacto sinthomático, que sea dique al goce mortífero.
Palabras clave: Droga, civilización, función del tóxico, superyó, goce, psicosis, artefacto sinthomático
Abstract: Ernesto Sinatra situates the drug object as paradigmatic in the actual state of civilization. He demonstrates how the push to jouissance disguises the recognized voracity of the superego. The individual is thus confronted with the mark of an impossible. He outlines the necessity of defining, in each case, the function of the toxic, under transference. A case of psychosis shows the possibility of counting with a symptomatic artifact, which contains the mortifying jouissance.
Key words: Drug, civilization, function of the toxic, superego, jouissance, psychosis, symptomatic artifact.

Introducción: lo que no se puede

Es harto evidente para todos, o al menos debería serlo, que las drogas condensan un objeto paradigmático del estado actual de la civilización: el mercado las produce como respuesta a la creciente insatisfacción de los individuos en sus condiciones de vida.

Lícitas o ilícitas, desde siempre ha habido drogas para exaltar y/o para anestesiar, para excitar o calmar; incluso más recientemente hay drogas que se usan para enlazarse al otro, para sentirlo realmente, para poder alcanzarlo: de la fluoxetina al éxtasis, ellas prometen distintas formas de felicidad química para relacionarse con el semejante por medio de dosis repetidas, siempre al alcance de la mano del consumidor*.

Por ello, hoy más que nunca, en las cuasi infinitas ofertas de drogas hemos aprendido a localizar el uso singular que determina la elección de cada consumidor: el nombre de función del tóxico —que he aplicado desde hace ya mucho tiempo en nuestra red del TYA— designa este complejo proceso de selección que ha de ser preciso situar en cada análisis.

Es preciso destacar que, si bien tal estado de insatisfacción no es privativo del presente, el empuje al goce de la época disfraza la reconocida voracidad del super-yo —sostenido tradicionalmente en el “¡debes hacerlo!”— tras una suerte de discurso de auto-ayuda (es decir: autoerótico) que promete el “¡tú puedes hacerlo!”. Aunque éste no resulta menos devastador, ya que confronta al individuo con la grieta intrínseca del goce, marca de lo imposible que sella el destino humano de la no-relación sexual, y que provoca síntomas de las más variadas especies. No se trata de que ¡tú puedes!, ni de que ¡tú no puedes!, tampoco de que tú deberías o no deberías hacerlo…es que la marca del no se puede está escrita en el cuerpo desnaturalizado de cada parlêtre afectando su modo de gozar.

Un circuito localiza la función del tóxico

Pero ¿qué ocurre en el campo de las psicosis cuando esta marca se ha ausentado?

Intentaré responder demostrando una secuencia extraída de un análisis a partir de cinco momentos, la que permitió apaciguar un empuje al pasaje al acto al localizar la lógica que determinaba el consumo y despejar la función del tóxico —al emplazar el circuito de goce bajo transferencia. Emplearé tal secuencia tan solo a dichos fines, sin adentrarme en la complejidad del caso.

1º – el triunfo

2º – un “sentimiento extraño”

3º – euforia

4º – erotización

5º – desencadenamiento del consumo

6º – el desenganche: la degradación del Otro

7º – la salida: el cuerpo “dice basta”

El primer momento: el triunfo localizado a partir de un detalle y producido solo al final de la elaboración realizada— se produce cuando algo de cierta relevancia ocurre según lo deseado: por ejemplo, un éxito profesional; el segundo sitúa un efecto, un sentimiento extraño en el cuerpo, una respuesta ‘rara’ que lo conmueve, que afecta su cuerpo y que no puede nombrar y que solo luego de mucho tiempo en análisis, logra circunscribir en una frase: ‘¡Puedo todo!’; en el tercer momento logra identificar la sensación, la llama euforia, estado del cuerpo que el analizante se encarga de diferenciar de alegría: es la presencia de una agitación corporal irrefrenable, continua, que subsume lo extraño y la omnipotencia (consignados en los dos momentos anteriores); en el cuarto momento la euforia deriva en erotización y se resuelve habitualmente por la vía autoerótica frente a una pantalla combinada con una precisa condición fantasmática; empujando al quinto momento: el consumo, realizado siempre en soledad, aunque para conseguir la substancia elegida realiza con frecuencia acciones temerarias, las que sostienen la erotización y encauzan la euforia. Ya desencadenado el consumo —especialmente de cocaína, en ocasiones combinada con alcohol— no puede parar.

Es así que arribamos al sexto momento en el que se produce el desenganche subjetivo. Allí la degradación del Otro adquiere un papel central, cifrando —con la anfibología del término— un doble movimiento: a) en el sentido del genitivo objetivo del término degradación, ya que perseguido por “el monstruo que me consume las entrañas” llega siempre al borde del colapso físico y mental atribulado por alucinaciones que se mezclan con pesadillas, retorna entonces el padre muerto para acusarlo de sus pecados lo que da lugar a delirios desencadenados por nimias situaciones del entorno que promueven en él signos inequívocos de la maldad inescrutable del Otro; en ellas está seguro de que será víctima de la brutal figuración asesina del Padre, al que acusa entonces de todos sus males, con todas las injurias imaginables**. Adviene entonces: b) la presentación genitiva-subjetiva de la degradación, ya que luego de la furia inicial es arrasado por un sentimiento de culpabilidad que lo deja sumido varios días encerrado, llorando, sin alimentarse y deseando la muerte, aunque sin animarse a buscarla activamente.

La salida siempre es igual, ocurre en el séptimo momento en el que la devastación amenaza con aniquilarlo, literalmente. Su frase: “no lo digo yo, es mi cuerpo”, lo empuja a dejar de consumir, en un estado de perplejidad y desesperación. Aunque, debido a la iteración del circuito, cada vez se halla más reducida su capacidad de lograr la salida.

La complejidad de este recorrido pudo ser localizado a partir de que un día, inmerso en plena degradación, decidió con extrema dificultad interrumpir el consumo para ir a su análisis; ya en la sesión, y mientras intentaba dar cuenta de la satisfacción que le producía el consumo, produjo un lapsus —en realidad una formación neológica. A partir de ese instante pudo con ella, no solo nombrar el circuito de goce que lo consumía sino —y muy especialmente— contar con una herramienta para acceder a una salida (el séptimo momento), más acá de la insuficiente respuesta del cuerpo, único límite con el que contaba hasta entonces, y que se hallaba a esa altura seriamente comprometido.

El valor sinthomático de un neologismo

Tempranamente, en el inicio de las entrevistas preliminares, fueron alojadas y tratadas interferencias parasitarias que producían frases interrumpidas que lo llevaban al mutismo, determinadas por una intercepción mental reprobatoria. El resultado fue un alivio que dio acceso al análisis, ya que el sujeto se hallaba afectado por una sólida transferencia negativa a su anterior analista —y al psicoanálisis, por ende.

Se desprende que la función de la cocaína habilitaba un lábil deseo sexual no articulado suficientemente al goce fálico y resuelto por la vía masturbatoria —su única vía de resolución sexual— cifrando así su fulgurante y paroxístico éxito; función que fracasa en un segundo momento por una nueva irrupción del Padre real*** que vuelve a dejar las cosas en el lugar en el que estaban antes del consumo.

En el campo de las toxicomanías estamos habituados a recibir individuos que padecen el furor maníaco del consumo; la particularidad en este caso es que evidencia —lo que podríamos llamar— un pasaje al análisis reforzado por un significante prêt-a-porter, neologismo producido bajo transferencia y que permitió a un sujeto contar con un artefacto sinthomático para intentar —al menos— desbastar el goce de un circuito mortífero, determinado por la marca de una ausencia.

NOTAS

* Aquí el empleo del término mano no es inocente, ya que hace referencia al autoerotismo.

** Se situaba así el delirio en su père-version: el padre como el que lo habría inducido a drogarse, pero también el que le impediría (¡aún muerto!) conseguir la droga.

*** La manifestación del odio al padre era tan intensa que no podía dejar de injuriarlo a pesar de saber perfectamente que el padre no era el culpable de lo que a él le sucedía, de lo que él no podía hacer…especialmente porque estaba muerto.

Ernesto Sinatra

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